Cuando las cosas se ponen difíciles
Pema Chodron
Traducción y edición: María Mercedes Márquez
Caracas, 2007
El concejo más directo para despertar la bodhichitta es este: practica sin causar daño a nadie, ni a ti ni a los demás, y cada día, haz lo que puedas por ser de ayuda. Si tomamos estas instrucciones a pecho y comenzamos a utilizarlas, probablemente encontremos que no es tan fácil hacerlo. Antes de que nos demos cuenta, alguien nos ha provocado, y ya sea directa o indirectamente, hemos hecho daño.
Por lo tanto, cuando nuestra intención es sincera pero las cosas se ponen difíciles, algunos de nosotros podríamos utilizar algo de ayuda. Podríamos utilizar algunas instrucciones fundamentales acerca de cómo iluminarnos y hacer girar nuestros bien establecidos hábitos de golpear y culpabilizar.
Los cuatro métodos para mantenernos en nuestro asiento proveen justo ese apoyo para desarrollar la paciencia para permanecer abiertos a lo que está sucediendo en vez de actuar a partir del piloto automático. Estos cuatro métodos son:
1. No establecer el blanco para la flecha
2. Conectarnos con el corazón
3. Ver los obstáculos como maestros
4. Ver todo lo que ocurre como sueños
Primero, si no hemos establecido un blanco, este no puede ser alcanzado por una flecha. Esto quiere decir que cada vez que nosotros nos desquitamos con palabras y acciones agresivas, estamos fortaleciendo el hábito de la rabia. Mientras hagamos esto, sin duda, muchas flechas vendrán hacia nosotros. Nos volveremos cada vez más irritados por la reacción de otros. Sin embargo, cada vez que somos provocados, se nos da la oportunidad de hacer algo diferente. Podemos fortalecer viejos hábitos estableciendo el blanco o podemos debilitarlos permaneciendo en nuestro lugar.
Cada vez que nos sentamos sin movernos con la inquietud y el calo de la rabia, somos domados y fortalecidos.
Esto es instrucción sobre el cultivo de la raíz de la felicidad. Cada vez que actuamos sobre la rabia y la reprimimos, hacemos que aumente nuestra agresividad, nos volvemos cada vez más como un blanco en movimiento. Luego, a medida que pasan los años, casi cualquier cosa nos pone bravos. Esta es la llave para la comprensión, a un nivel completamente real y personal, cómo cosechamos las semillas del sufrimiento.
De modo que este es el primer método: recordar que nosotros fijamos el blanco y sólo nosotros podemos quitarlo. Entender que si permanecemos en nuestro asiento cuando lo que queremos es desquitarnos, incluso si es tan sólo un momento, estamos comenzando a disolver el patrón de la agresión que continuará haciéndonos daño a nosotros y a otros por siempre si lo permitimos.
Segundo: es la instrucción para conectarnos con el corazón. En tiempos de rabia, podemos contactar la gentileza y la compasión que ya tenemos. Cuando alguien fuera de juicio comienza a hacernos daño, podemos entender fácilmente que esa persona no sabe lo que está haciendo. Existe la posibilidad de contactar nuestro corazón y experimentar tristeza por verla fuera de control, haciéndose daño a sí misma al perjudicar a otros. Existe la posibilidad de que aún cuando sintamos miedo, no experimentemos rabia ni odio.
Por el contrario, pudiésemos sentirnos inspirados a ayudarla si podemos. De hecho, un lunático es mucho menos demente que una “persona sana” que nos hace daño, pues esa supuesta “persona sana”, tiene el potencial de darse cuenta de que, al actuar de manea agresiva, está sembrando las semillas de su propia confusión e insatisfacción.
Su presente agresividad está fortaleciendo hábitos más intensos de agresividad en el futuro. Está creando su propia telenovela. Este tipo de vida es triste y solitaria. La persona que nos hace daño está bajo la influencia de patrones habituales que podrían continuar produciendo sufrimiento por siempre. De modo que este es el segundo método: conectarnos con el corazón.
Es importante recordar que la persona que nos hace daño no necesita ser provocada aún más, y tampoco nosotros. Reconocer, que, al igual que nosotros, millones están ardiendo con el fuego de la agresividad. Podemos sentarnos con la intensidad de la rabia, y dejar que su energía nos haga más humildes, y más compasivos.
Tercero, tenemos la instrucción de ver las dificultades como maestros. Si no tenemos un maestro cerca como para darnos una guía directa y personal con respecto a cómo dejar de causar daño, ¡nunca teman!, la vida misma proveerá de oportunidades para aprender cómo mantenernos en nuestro lugar. Sin ese vecino desconsiderado, ¿dónde encontraríamos una oportunidad para practicar paciencia? Sin ese compañero de trabajo, ¿cómo podríamos llegar a tener la oportunidad de conocer la energía de la rabia de manera tan íntima como para acabar con su poder destructivo?
El maestro está siempre con nosotros. Siempre nos está mostrando precisamente dónde estamos parados, incentivándonos a no hablar ni actuar de la misma neurótica manera en que acostumbramos, incentivándonos a no reprimirnos ni disociarnos, a no sembrar semillas de sufrimiento. De modo que, con esta persona que está asustándonos o insultándonos, ¿nos desquitamos como lo hemos hecho miles de veces anteriormente, o comenzamos a volvernos más sabios y finalmente mantenernos en nuestro lugar?
Justo en el momento en que estamos a punto de volarnos los sesos o de retraernos en el olvido, podemos recordar esto: somos guerreros en entrenamiento a quienes se les ha enseñado cómo sentarse junto a lo filoso y la incomodidad. Somos retados a permanecer y a relajarnos donde estemos.
El problema con seguir estas o cualquier clase de instrucciones es que tenemos la tendencia a ser demasiado serios o rígidos. Nos ponemos tensos y tiesos incluso aún cuando tratamos de relajarnos y ser pacientes. Aquí es donde entra la cuarta instrucción: es de ayuda pensar acerca de la persona que está brava, de la rabia y del objeto de esa rabia, como si fuesen un sueño.
Podemos ver nuestra vida como una película en la cual tenemos, temporalmente, el papel principal. En vez de hacerlo algo tan importante, podemos reflejar la ausencia de esencia de nuestra presente situación. Podemos disminuir nuestro aceleramiento y preguntarnos ¿Quién es este monolítico “yo” que ha sido tan ofendido?
¿Quién es esta otra persona que puede dispararme de esta manera? ¿Qué son este orgullo y esta culpa que me atrapan como el anzuelo al pez, que me atrapan como la trampa al ratón? ¿Cómo es que estas circunstancias tienen el poder de tirarme de un lado a otro como pelota de ping pong de la esperanza al temor, de la alegría a la tristeza? Todos, esta “lucha tan importante”, este “yo tan importante” y este “otro tan importante” pudiesen ser clarificados e iluminados considerablemente.
Contemplen estas circunstancias externas, así como también estas emociones y esta inmensa sensación de “yo”, como asuntos que pasan y que no tienen esencia propia, como un recuerdo, como una película, como un sueño. Cuando despertamos del sueño sabemos que los enemigos en nuestros sueños son ilusiones y esa realización atraviesa el pánico y el temor.
Cuando nos encontramos a nosotros cautivos de nuestra propia agresividad, podemos recordar esto: no existe un fundamento básico de ningún tipo como para reprimir nada ni dar un golpe con nada. No existe un fundamento básico para el odio ni la vergüenza. Al menos podemos comenzar a cuestionar aquello que asumimos como cierto. ¿Pudiese ser que ya sea que estemos despiertos o soñando, simplemente nos estamos moviendo de un estado que es como un sueño a otro?
Estos cuatro métodos para darle la vuelta a la rabia y aprender un poco de paciencia nos llegan de los maestros Kadampa del siglo XI tibetano. Estas instrucciones han proporcionado aliento a pichones de bodhisattvas en el pasado, y son igual de útiles en el presente. Los mismos maestros Kadampa recomiendan que no dejemos para mañana lo que podemos hacer ahora. Nos insisten en que utilicemos estas instrucciones inmediatamente, hoy mismo, en esta misma situación, en vez de decirnos a nosotros “Probaré esto en el futuro cuando disponga de un poco más de tiempo”.
...
Que nuestra sincera motivación y esfuerzos contribuyan a liberar a todos los seres de cualquier clase de sufrimiento.